MUJERES Y CIENCIA: AUTOETNOGRAFÍA COLECTIVA ACERCA DE LOS
COSTOS EXTENDIDOS DE LA CARRERA CIENTÍFICA
WOMEN AND SCIENCE: COLLECTIVE
AUTOETHNOGRAPHY ABOUT THE EXTENDED COSTS OF A SCIENTIFIC CAREER IN HYBRID
CULTURES
Karla Alejandra Contreras Tinoco[1]
Liliana Ibeth Castañeda-Rentería[2]
Claudia M. Prado-Meza[3]
Lorena Romero-Salazar[4]
DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i63.8086
Resumen
Las mujeres científicas reciben una
socialización permeada por mandatos de género y mandatos laborales poderosos
para la configuración de sus identidades. Estos mandatos son contradictorios. A
pesar de ello, las mujeres académicas intentan constantemente incorporarlos en
sus experiencias subjetivas, no sin costos, tensiones o retos. Este documento
explora, desde nuestras experiencias como científicas mexicanas, los costos
subjetivos, relacionales (con la familia, las amistades, la pareja, la
maternidad) del trabajo científico cuando se es mujer sincrética, especialmente
en un entorno que promueve una cultura de autoexigencia y rendimiento
constante. La metodología que elegimos fue una autoetnografía colectiva
feminista, la elaboramos por etapas: en una primera etapa establecimos
preguntas detonadoras de la reflexión individual, luego de ello, escribimos
líneas analíticas en solitario. La segunda etapa consistió en leer las líneas
reflexivas que cada una de nosotras escribió en solitario. En la tercera etapa,
nos reunimos vía Zoom para una colectivización de ideas, observaciones e
interpretaciones. Entre los hallazgos identificamos que algunos costos
subjetivos son la culpa, el cansancio, emociones negativas, el permanente
sentir de estar en deuda en alguna arista de la vida. Además, resulta central
en las narraciones, la percepción de la existencia de costos extendidos del
proyecto personal científico, que imponemos a nuestras parejas, padres, madres,
hijxs y amistades, lo que se suma a los malestares emocionales generados por
las propias renuncias.
Palabras
clave:
mujeres, científicas, autoetnografía, intersubjetividad, costos
Abstract
Women
scientists experience socialization shaped by powerful gender and work mandates
that influence their identities’ configuration. These mandates are often
contradictory. Despite this, academic women continually strive to integrate
these mandates into their subjective experiences, not without incurring costs,
tensions, or challenges. This document explores, from our experiences as
Mexican women scientists, the subjective costs and relational impacts (to our
family, friends, partners, and motherhood) of pursuing scientific work as
syncretic women, especially in an environment that promotes a culture of
self-demand and constant scientific productivity to be evaluated.
We chose a
feminist collective autoethnography as our methodology, which was developed in stages:
in the first stage, we established prompting questions for individual
reflection and then wrote analytical reflections independently. The second
stage involved reading each other's individual reflections. In the third stage,
we gathered via Zoom to collectively analyze ideas, observations, and
interpretations. Among the findings, we identified subjective costs such as
guilt, exhaustion, negative emotions, and a persistent sense of being indebted
in some areas of life. Additionally, a central theme in our narratives is the
perception of extended costs imposed by our personal scientific pursuits on our
partners, fathers, mothers, children, and friends, which compounds the
emotional burdens generated by our own sacrifices.
Keywords: women, women scientists, autoethnography, intersubjectivity,
costs
Recepción: 04 de noviembre de 2024/Aceptación: 29 de abril de 2025
Introducción
Somos
cuatro mujeres mexicanas académicas que construimos ciencia. Aunque no estamos
en la misma zona geográfica, el trabajo que hacemos bajo una perspectiva de
género nos ha llevado a coincidir a lo largo del camino, primero como colegas
y, después de varios proyectos y años, como amigas. Este texto es el recuento
de una conversación continua entre nosotras y de los retos que hemos tenido a
lo largo de nuestras carrera como científicas. Así, nuestras continuas
conversaciones, de pronto, fueron analizadas bajo la lente con la que vemos y
llevamos nuestros proyectos. Esta mirada crítica a nuestra realidad y las
conversaciones que esto conlleva nos permitieron ver cómo las condiciones de
inequidad se trasladan a nuestra cotidianidad, los mecanismos que utilizamos
para enfrentarlos y los costos que pagamos y pagan nuestras relaciones
personales por hacer realidad nuestros sueños de construir ciencia.
El
primer punto es presentarnos o situarnos en este texto. Todas somos mujeres
mexicanas, con estudios de doctorado, adscritas a universidades públicas al
interior del país e integrantes del Sistema Nacional de Investigadoras e
Investigadores (SNII), el cual es el organismo de máximo reconocimiento,
prestigio y acreditación para las personas que hacen ciencia en el país y que
ofrece un estímulo económico diferenciado según el nivel de consolidación de la
carrera académica (siendo Candidato el nivel más bajo y SNII III el nivel más
alto). Las cuatro realizamos trabajos de investigación bajo una perspectiva de
género, aunque nuestras áreas de especialidad son diversas. Karla está adscrita
al Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara; su
línea de investigación es género y subjetividades y, en el marco de la misma,
aborda temas de sexualidades, corporalidades, maternidades, conciliación,
igualdad en las Instituciones de Educación Superior (IES) y cultura de paz.
Liliana está adscrita al Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de
Guadalajara; su trabajo de investigación aborda temáticas relativas a la
igualdad en las IES, identidades femeninas y ciudadanía. Claudia está adscrita
a la Facultad de Economía de la Universidad de Colima, y sus trabajos de
investigación son sobre emprendedoras o empresarias y la importancia de las
políticas públicas para incentivar su participación en la economía local y
mexicana. Lorena, por su parte, está adscrita al departamento de Física de la
Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma del Estado de México y una de
sus líneas de investigación es Género y Ciencia.
Respecto
a nuestras edades y los años en la academia, Lorena tiene 55 años de edad y 34
de investigadora y docente. Liliana tiene 43 años de edad y 22 años haciendo
investigación, 17 de los cuales también ha impartido docencia. Claudia, con 44
años de edad, ha impartido clases desde 2012, y ha hecho investigación por
alrededor de 18 años. Finalmente, Karla, la más joven de las cuatro, tiene 35
años de edad y 16 años en actividades de investigación y como docente
universitaria. Tres están casadas y Claudia está soltera. Solo dos son madres:
Lorena, tiene una hija de 16 años y Liliana tiene dos hijos, uno de 17 y otro
de 14 años.
En
este texto abordamos los costos relacionales (en la pareja, en la maternidad,
con las amistades y la familia) de hacer ciencia siendo mujer, a partir de la
pregunta: ¿Cuáles son los costos para la mujer científica (que hace ciencia) en
sus relaciones (maternidad, pareja, amistades, familiares)?
Nuestro
interés por analizar los costos surgió a raíz de identificar en nuestras
conversaciones que había renuncias de nuestra parte –unas más dolorosas que otras– para poder cumplir con las
obligaciones que conlleva ser una mujer científica en el contexto de la
academia pública en México, sobre todo, en universidades o campus que no suelen
estar en el centro de las conversaciones sobre ciencia en nuestro país.
Estas
conversaciones, aunque en un inicio surgieron como espacios para desahogarnos y
compartir el pensar con otras mujeres que sí entenderían nuestra situación –por ejercer la profesión de científica en contextos
similares–, nos
permitieron darnos cuenta de que los costos que pagábamos cada una de nosotras
eran muy similares, es decir, eran producto de una experiencia colectiva. A
partir de la idea de que lo personal es político (Hanisch, 1970), decidimos compartir –desde la vulnerabilidad que
estábamos dispuestas y podíamos sostener– cómo iba nuestra vida como científicas en lo privado.
Desde ahí, comenzaron conversaciones que nos ayudaron a darle sentido a cómo
funciona el sistema académico para las mujeres mexicanas en la periferia.
Fueron
nuestras múltiples conversaciones las que también nos llevaron a identificar
que pagábamos más de un tipo de costo, pero al final, todas coincidíamos en
que, en ciertas situaciones, los costos de hacer ciencia se volvían
abrumadores.
Iniciamos
hablando de los costos propios: el sentir un cansancio constante, el saber que
dedicar tiempo para nosotras era necesario para mantener la estabilidad y la
salud mental, pero hacerlo siempre conlleva un poco de culpa. Las
conversaciones nos llevaron a identificar un tipo de costo que habíamos notado,
pero no habíamos nombrado: el costo extendido. Y es que, cuando empezamos a
hablar de cómo nuestra carrera científica incide o afecta a nuestros círculos
cercanos, nos dimos cuenta de que nuestras parejas, hijxs, madres, padres e
incluso amistades nos ven poco, y usualmente solo cuando nuestra agenda lo
permite. Al mismo tiempo, muchas de las conversaciones con nuestros seres
queridos -aunque no estén involucrados en la academia- giran en torno a la
complejidad de nuestra profesión.
En
el texto abordamos otros tipos de costos, aunque solo los mencionamos, ya que
no son el eje central de este documento. Están los costos subjetivos, donde
hablamos de nuestra percepción de insuficiencia y del impacto que esto tiene en
nuestro bienestar emocional en la vida cotidiana. También está el costo
corporal, que se refiere al desgaste físico provocado por jornadas extenuantes,
descanso insuficiente y la renuncia a actividades de ocio o ejercicio físico –o bien, realizarlas con un profundo sentimiento de culpa,
porque sentimos que cuidar el cuerpo nos resta la productividad que se espera
de nosotras–.
Entonces,
entendemos por costo extendido las cargas invisibles que recaen no solo sobre
nosotras, sino también sobre nuestros círculos cercanos, como resultado de
dedicarnos con pasión a hacer ciencia. Este costo surge del desequilibrio entre
la productividad académica que se nos exige y las expectativas sociales que
recaen sobre las mujeres mexicanas, especialmente en el ámbito afectivo y
familiar, pero también en una ciencia mexicana que se ha caracterizado por ser
masculinizada, androcéntrica y precaria.
Al
respecto de la ciencia en México y su androcentrismo, es pertinente mencionar
que de acuerdo con el reporte internacional Gender
Equality in Science: Inclusion and Participation of Women in Global Science
Organizations. Result of Two Global Surveys, publicado por el Gender in
Science, Innovation, Technology and Engineering et al., en 2021, son al menos
cinco las grandes brechas de género a las que se enfrentan las mujeres
científicas: 1) la subrepresentación; 2) la desigualdad de acceso a recursos
financieros para realizar proyectos de investigación; 3) la baja representación
de mujeres en posiciones de liderazgo; 4) el número de publicaciones y de citas
es menor para las mujeres; y, 5) la poca conciliación trabajo-familia.
Conforme
el reporte de ONU Mujeres (2020), titulado Mujeres
en STEM: Avances y desafíos en América Latina y el Caribe para cerrar las
brechas de género, la región ha alcanzado casi la paridad con un 45% de
investigadoras mujeres. Los datos de México muestran números más bajos con un
33%, lo cual está aún por encima del promedio mundial, que en 2019 era del
29.3%. Esto implica que en general en México se necesitan 17 investigadoras
adicionales por cada cien investigadores para lograr la paridad.
En
lo referente a la participación de científicas en el SNII, según datos del Informe Nacional sobre el Estado General que
Guardan las Humanidades, las Ciencias, las Tecnologías y la Innovación en
México del 2022 (Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnología,
2022), hay 3,829 mujeres como Candidatas en el Sistema, lo que representa un
47.5% del nivel: son necesarias aproximadamente 405 científicas adicionales
para lograr la paridad. Además, este es el nivel que muestra la menor brecha de
género. En el nivel I, el 38.7% son mujeres y se necesitan 3,342 científicas
para lograr la paridad. En el Nivel II, el 30.3% son mujeres y se necesitan
alrededor de 2,383 mujeres adicionales para cerrar la brecha existente.
Finalmente, en el Nivel III, solo hay 501 mujeres, lo que representa el 22.9%
de las personas en este nivel, mostrando que se requieren 1,185 científicas más
para alcanzar la paridad en ese nivel. Los datos muestran una tendencia de
menor número de mujeres según incrementa el nivel del SNII, por lo cual es
necesario tener conversaciones que visibilicen cuáles son las barreras a las
que se enfrentan las científicas que limitan sus oportunidades de ingresar,
permanecer y sobre todo ascender en el Sistema.
Además,
el informe señala que existe una distribución geográfica desigual de recursos,
con una concentración de investigadores e investigadoras en la región de la
Ciudad de México (CDMX) y el centro del país, mientras que aproximadamente el
70% se encuentran fuera de esa área, siendo Colima, Guerrero, Nayarit y
Tlaxcala los estados con menos personas científicas en el SNII, con un 0.5% del
total cada uno. En el caso específico de Colima, el informe indica que el 40%
de las personas en el SNII de ese estado son mujeres, mismo porcentaje para
Jalisco, mientras que para el Estado de México es del 37.5%.
En
lo referente a las condiciones de precariedad laboral en las universidades
públicas mexicanas, Izquierdo, Catalán y Ponce (2022) indican que en los
últimos años las universidades públicas se han integrado a una lógica
empresarial, resultando en sobrecarga laboral y una constante presión por
demostrar productividad debido a la adopción de políticas neoliberales (p. 6).
Esta sobrecarga de trabajo no se traduce en una mayor cantidad de recursos
financieros; por el contrario, se ha recrudecido la competencia por
financiamiento (p. 7), lo que en algunas ocasiones ha conllevado que las
científicas inviertan sus recursos propios para realizar sus proyectos de
investigación, con el fin de lograr los niveles de productividad requeridos
para atender las diversas evaluaciones, especialmente si son integrantes del
SNII (p. 14). Así, este texto, desarrollado bajo una perspectiva de género, nos
permite observar cómo se replican las inequidades estructurales en nuestras
experiencias. Y nos hemos dado cuenta cómo también enfrentamos los desafíos
encontrados en publicaciones especializadas y cómo nos han afectado, desde la
subrepresentación de mujeres en las ciencias, la desigualdad en el acceso a
recursos financieros para proyectos de investigación, la baja representación en
posiciones de liderazgo, una menor tasa de publicación en comparación con
nuestros colegas hombres y los obstáculos para conciliar la vida laboral y
familiar, especialmente en un contexto donde persiste la sobrecarga laboral.
Al
compartir nuestras historias, buscamos visibilizar las dificultades que muchas
mujeres científicas enfrentan y ofrecer una reflexión crítica sobre las brechas
de género en la academia mexicana. Sobre todo, analizamos los costos que se
deben de cubrir por desempeñar nuestra carrera científica, que en nuestro caso
abordamos que no somos solo nosotras quien cargamos este costo, sino que, se
imponen a nuestras parejas, padres, madres, hijxs y amistades.
Marco Teórico
Los
países latinoamericanos se han configurado a partir de un sincretismo que compagina
patrones culturales, históricos, políticos, económicos, religiosos y sociales
diversos e incluso discordantes. Estos patrones coexisten en un mismo espacio y
tiempo y articulan neoliberalismo, globalización, modernidad y tradicionalismo,
dando origen a composiciones particulares, híbridas y únicas en cuanto a
modelos de familia, formas de vivir y apropiar la religión, configuración identidades,
entre otras (García Canclini, 1997). Este marco cultural funciona como
organizador de las identidades de las y los sujetos y configura su sentido de
vida.
En
estas culturas los sujetos sociales recibimos discursos contradictorios de las
diversas unidades culturales a las que pertenecemos, por ejemplo, la familia,
la escuela, la iglesia, el barrio, los medios de comunicación, las redes
sociales digitales, los grupos artísticos y culturales, entre otros (Guitart,
2008). En todas esas instancias se nos socializa en torno a distintos modos de
ser “buen sujeto social”, se nos vigila el cabal cumplimiento de lo instituido
o incluso se nos sanciona mediante el regaño, la desaprobación, la crítica y el
cuestionamiento de las prácticas o ideologías manifiestas por los sujetos. De
modo que, los sujetos sociales, somos repositorios vivientes de mandatos,
normas y roles que encarnamos, pero que muchas veces son contradictorios
(Contreras Tinoco, 2020). En esta socialización sobre los modos de ser sujetos
sociales es diferenciada para hombres y mujeres, debido al orden social de
género que tal como ContrerasTinoco (2020) refiere es:
una
organización simbólica que, partiendo de la diferencia sexual, regula, organiza
y da sentido al mundo social en un tiempo y espacio determinado (Carrillo,
2017; Palomar, 2007b), además de que orienta las acciones, prácticas, actividades
y roles de los sujetos, incide en la disposición del espacio, condiciona y
reglamenta la identidad femenina y masculina, y determina las posibilidades de
ser sujeto según el sexo. (p. 60)
Los
sujetos, recibimos mandatos de género asociados con feminidades y
masculinidades hegemónicas que, a partir de una división sexual del trabajo,
determinan como irreconciliables los roles y las prácticas esperadas para
hombres y mujeres en cada espacio y campo en el que se desarrollan.
Particularmente, las mujeres desde los discursos, normas y roles hegemónicos
somos receptoras de mandatos en torno a belleza física occidentalizada,
docilidad, sensibilidad, expresión deliberada de emociones, recato sexual y
erótico o roles ligados con realizar las actividades domésticas y de cuidados
de familiares, dedicarse a la crianza y educación de los hijos, así como una
adjudicación del espacio privado como el espacio propio (Lagarde, 1990; Lamas,
2000).
Ahora
bien, en las sociedades occidentales, neoliberales, globalizadas, de la
modernidad tardía los mandatos de género se entrecruzan con otros mandatos
igual de poderosos, vigentes e intensos. Nos referimos a los mandatos
laborales, que instan a los sujetos a buscar la educación superior, pero
también la educación de posgrado y, ahora, hasta la formación continua y
constante, así como a buscar el éxito profesional, trabajar intensivamente y
prolongar los tiempos de trabajo como formas de mostrar implicación, compromiso
y ascender en la carrera laboral. Todo esto en el marco de lo que se ha
denominado por Byung-Chul (2017) como sociedades del rendimiento, las cuales
instalan la promesa de la libertad (de tiempo, objetivos, intereses) y hacen
parecer que en la época contemporánea no existe sometimiento del sujeto, sin
embargo, paradójicamente esta promesa de libertad se configura como una
coacción, porque el “yo” se convierte en un proyecto que implica coerciones
propias en forma de una coacción para el rendimiento y la optimización. En las
sociedades del rendimiento, la libertad es en realidad una nueva forma de
esclavitud, puesto que el sujeto se explota a sí mismo de forma voluntaria, se
convierte en empresario de sí mismo (de sus tiempos, tareas, formación),
marcando la autoexplotación como modo de vida.
Estos
mandatos laborales y profesionales han cobrado especial relevancia para las
mujeres de las clases medias de urbes (Zicavo, 2013). En ese sentido, Zicavo
(2013) menciona que para las mujeres contemporáneas la maternidad o el
despliegue de roles asociados históricamente a las mujeres ya no representa el
mismo prestigio o reconocimiento, sino que han surgido nuevas normativas y
mandatos que les instan a trabajar y a la vez ser madres. De este modo, han
surgido las superwoman (o supermujeres),
concepto que se refiere a mujeres que realizan maniobras y esfuerzos sin
importar el costo para hacer compatibles las exigencias del mundo laboral
(horarios, evaluaciones, seguimientos de desempeño, etc.) con las demandas del
ámbito privado (tareas del hogar, organización de agenda doméstica, crianza,
educación y cuidado de infantes, familiares, mascotas, etc., exigencias de
belleza, salud, imagen corporal entre otras) aún a pesar de los sacrificios,
costos o efectos que esto conlleva. En palabras de Sánchez (2019):
Frente
a esta doble demanda: ser buenas madresposas y buenas trabajadoras sin importar
el costo que ello suponga para las mujeres, éstas (mujeres) entran en una
tremenda vorágine para tratar de cumplir sus múltiples mandatos. Esta sobre
exigencia denominada como el “síndrome de la súper mujer” (Heller, 2015: 63)
resulta ser realmente imposible en la vida real, por la dificultad de ser
“perfectas” en todos los aspectos y de lograrlo todo sin sacrificar nada. Sin
embargo, las mujeres se suelen aferrar a él. (p. 91)
Por
estos múltiples mandatos de género y laborales se configuran identidades
femeninas sincréticas (Lagarde, 2001). En cuanto a esto Lagarde señala:
Todas
las mujeres contemporáneas somos una mezcla de mujeres tradicionales y de
mujeres modernas. Por eso, los conflictos que vivimos internamente reflejan los
conflictos que hoy se viven en el mundo entre la tradición y la modernidad.
Toda mujer en su interior vive muchos de los conflictos culturales y sociales
del mundo de hoy. La zona más tradicional de su subjetividad y la zona más
moderna de su subjetividad viven en grandes conflictos. (Lagarde, 2001, p. 16)
A
partir de lo anterior, el trabajo remunerado y profesional, desde lo público,
se ha convertido en un eje organizador de las identidades de género femeninas
(Castañeda-Rentería y Contreras Tinoco, 2019), pero también coexiste con
identidades femeninas hegemónicas, generando que las mujeres se encuentren en
tensión, con culpa, siempre en deuda en una arista de la vida. Al respecto, estudios
previos (Contreras Tinoco y Castañeda-Rentería, 2016; Castañeda y Contreras, 2017) han documentado los malestares,
las angustias, las culpas, los malabarismos y lo extenuante que resulta para
las mujeres intentar conciliar la vida laboral, con sus respectivas exigencias
y parámetros de rendimiento, éxito profesional, económico e intensidad y la
vida privada (aspectos domésticos, maternidad, relaciones de pareja, entre
otros). En la literatura feminista también se ha señalado que estas mujeres
tienen una identidad dividida (Sanhueza Morales, 2005).
Particularmente,
las mujeres académicas ingresamos a los ámbitos de la docencia, la
investigación y la academia seducidas por el imaginario de que son actividades
que: ofrecen libertad de horario, posibilidad de autogestión y flexibilidad
para la organización de los procesos y procedimientos requeridos para la
producción de ciencia. Sin embargo, las mujeres científicas en el proceso nos
damos cuenta que la “promesa” o “el ideal de la libertad” es insostenible para
quienes buscan un papel de alto rendimiento en el campo científico y, por el
contrario, es una trampa porque las universidades operan desde la lógica
contemporánea de las sociedades del rendimiento, es decir, son de tipo
competitivo, neoliberal, individualizadas y, por tanto, se requiere hacer de la
propia vida un proyecto de sí que conlleva “autovigilancia de los tiempos,
ritmos y formas de trabajo”, rendimiento, autoexigencia y disciplina para
cumplir a cabalidad con los múltiples e inacabables requerimientos para ocupar
un lugar en el campo de la ciencia (Byung-Chul, 2017).
Las
mujeres científicas sabemos que la única manera de hacer frente a la
precarización de la labor científica, a la patriarcalización y
neoliberalización de los espacios universitarios (Enciso et al., 2021) y a las
brechas de género aún prevalecientes en el ámbito académico (tal como
evidenciamos en el apartado anterior), es construir la propia vida como un
proyecto de sí que permita cumplir con los cada vez más demandantes mecanismos
de vigilancia, control, evaluación y financiación de la labor científica (Enciso
et al., 2021). En ese sentido, las mujeres académicas extendemos los tiempos de
trabajo a fines de semana, noches, madrugadas o a los periodos vacacionales;
usamos agendas y mecanismos que permitan optimizar, organizar y hacer rendir el
tiempo efectivo de trabajo; renunciamos a los tiempos de ocio, socialización o
deporte para cumplir con los compromisos académicos inevitables e
irrenunciables (tutorías, docencia, reuniones, actividades de gestión, organizar
expedientes de desempeño semestrales, participar en convocatorias por fondos
públicos, liderar organismos, organizar eventos académicos, participar en
comisiones revisoras de distintos temas, etc.) y las labores adquiridas porque
son necesarias e indispensables para continuar y ascender en la carrera científica,
pero que no son remuneradas. Por tanto, es un proyecto con altos costos
corporales, emocionales, subjetivos y relaciones (con la familia o con la
sociedad).
Para
nosotras como científicas que trabajamos con perspectiva de género y que
consideramos el valor de la experiencia subjetiva en la construcción de
conocimiento, hemos determinado que resulta relevante visibilizar las vivencias
vinculadas con los costos de las mujeres académicas mexicanas y sincréticas,
como somos nosotras mismas. Por ello, en este trabajo nos enfocaremos en
analizar los costos relacionales (en la pareja, las amistades, lxs hijxs, la
familia) de la búsqueda de compatibilizar el proyecto profesional con el
proyecto del ámbito privado.
Metodología
Coincidimos
con Blanco, quien asegura “desde la perspectiva epistemológica que sostiene que
una vida individual puede dar cuenta de los contextos en los que le toca vivir
a esa persona, así como de las épocas históricas que recorre a lo largo de su
existencia” (Blanco, 2012, p. 54). Así como otras autoras que han destacado que
es proceso y producto a la vez (Bénard Calva, 2019). En el marco de lo
anterior, elegimos la autoetnografía como estrategia metodológica, ya que nos
permite descentrarnos del sujeto científico que siempre “observa” a lxs otrxs y
más bien centrarnos en desenmarañar los hilos narrativos que permiten debatir y
reflexionar desde la primera persona del singular, hasta entretejer hacia el
plural nosotras mujeres científicas. Construimos la autoetnografía colectiva
como un espacio seguro (Carter et al., 2016), compartido y analítico que nos
permitió tomar conciencia de que en la generación de conocimiento sobre las
mujeres científicas, también lo personal es político.
Destacamos que se trata de una
autoetnografía feminista pues ésta “refiere a la descripción orientada
teóricamente por un andamiaje conceptual feminista en el que la experiencia de
las mujeres, junto con la develación de lo femenino, está en el centro de la
reflexión que conduce la observación” (Castañeda Salgado, 2012, p. 221) no sólo
visibilizar, sino nombrar lo que no ha sido nombrado de la experiencia
femenina.
La
información para analizar se obtuvo a partir de charlas y reuniones periódicas
en diferentes espacios virtuales con base en cuales se diseñaron un conjunto de
preguntas, mismas que fueron depuradas para seleccionar las pertinentes para
este texto. Procedimos a responderlas por escrito de forma independiente y
después a comentar las respuestas identificando puntos de coincidencia y
reflexión, conforme a nuestra disponibilidad de tiempo, inspiración y valentía
de narrarnos desde lo íntimo y personal, pero además de voltearnos a ver en tanto
sujetas históricas sometidas a normativas, siendo contradictorias,
insuficientes e inacabadas.
En
una reunión virtual posterior, procedimos a colectivizar las autoetnografías
para dar la voz a las 4 participantes, para luego desde un distanciamiento
crítico de nuestras historias pasar a analizar teóricamente los hilos
narrativos en un manuscrito más unificado. Una de las cualidades de este
ejercicio de autoetnografía fue que al analizar teóricamente nuestras
experiencias encarnadas identificamos aspectos hasta antes ocultos para quienes
escribimos este texto y, en ese sentido, pudimos constatar el doble papel de la
autoetnografía, como productora de conocimiento, pero también como medio para
un tipo de reflexividad más política de cómo aproximarnos y vivirnos en el
campo científico.
Para
la escritura participamos mediante reuniones sucesivas de escritura,
retroalimentación y escucha compartida construyéndose así este texto a cuatro
voces. Finalmente, consideramos oportuno mencionar que, como en todo trabajo
científico, hemos buscado asegurar el anonimato y la confidencialidad de
quienes participaron en este ejercicio de escritura colectiva de auto
etnografías, por tanto, se han usado códigos que oscilan entre el PMC001 al
PMC004 y no usar nombres para mencionar o distinguir las voces de las
participantes. Asimismo, consideramos oportuno mencionar que sabedoras que este
trabajo autoetnográfico nos presenta siempre en relación con otrxs (pareja,
hijxs, padres, amistades) hemos decidido usar códigos como un mecanismo para
resguardar el anonimato de nuestros seres queridos. Si
bien otras investigaciones han implementado otras estrategias como usar seudónimos
para nombrar a los otros o inclusive no nombrarles (Bénard, 2016, p. 21),
consideramos que para lo que a este texto respecta, no vincular los testimonios
directamente con las investigadoras es suficiente.
Hallazgos:
de los costos propios y de los costos extendidos
A
partir del material recopilado por escrito y de la grabación de la sesión
desarrollada a través de la plataforma de Zoom, identificamos en nuestras
narraciones dos posicionamientos desde los cuales hablábamos de los costos que
tiene la carrera científica: el primero, en el que manifestamos costos
experimentados por nosotras mismas, lo que sentimos, pensamos, vivimos; y el
segundo, que contiene nuestras narrativas sobre la percepción de los costos que
consideramos que pagan lxs otrxs, debido a nuestro trabajo como mujeres en la
ciencia. Esxs otrxs son nuestros padres, nuestra propia familia: esposos e
hijxs y amistades. Así, organizamos los hallazgos.
a)
Costos propios
Las
cuatro participantes coincidimos en que uno de los costos de nuestra dedicación
a la labor científica como eje articulador de nuestra identidad/subjetividad,
está relacionado con lo absorbente y demandante que esta es, lo cual deriva de
la constante necesidad de tener indicadores y productos acorde a los sistemas
de evaluación a los que estamos sujetas.
Lo
anterior, entonces, requiere una dedicación de mucho tiempo a las actividades
propias de la generación de conocimiento. Sumado a las demás actividades demandadas
por nuestras instituciones: gestión, tutorías, docencia, divulgación de la
ciencia, difusión del conocimiento, formación de recursos humanos extra aula(recepción
de becarios, practicantes, doctorantes), participación en comisiones para
organizar eventos académicos o crear/actualizar programas, etc., lo que
representa jornadas laborales si bien flexibles en cuanto a que no
necesariamente se cumplen en horarios preestablecidos o en un cubículo u
oficina, sí se trata de jornadas que se extienden en el tiempo y también en el
espacio, a horarios fuera de la jornada laboral, a días feriados o fines de
semana y vacaciones, y que se trasladan fuera de nuestras instituciones, a
nuestras casas.
Lo
anterior implica una experiencia de constante malestar emocional, lo que
coincide con otros trabajos al respecto (Castañeda-Rentería et al., 2019;
Bénard et al., 2018) pero que hasta ahora no se ha analizado cuando la
disciplina y el compromiso con la ciencia se vive con culpa de no estar para
aquellos y aquellas para quiénes querríamos estar. Esto se observa de manera
concreta, por ejemplo, en la relación con nuestras madres y/o padres, que
percibimos como personas adultas mayores que cada vez requieren o requerirán
mayor apoyo y asistencia de parte nuestra y para las cuales nos gustaría estar.
Me inquieta pensar que no le ofrezco
el suficiente tiempo, atención, acompañamiento a mis padres, quienes cada vez
están más enfermos y adultos…y que pareciera que mi prioridad está en el trabajo
siempre, a veces, pienso que un día no estarán y que yo me quedaré con la culpa
de todo lo que hice por la ciencia y no por ellos. (PMC01)
Tal
vez la relación que me representa, al menos en estos momentos un mayor
conflicto emocional, es la que tengo con mis padres. Aunque intento
verlos al menos una vez a la semana, siempre siento que no estoy haciendo lo
suficiente como hija, lo que, de nuevo, me imagino que ya no es sorpresa, añade
a la carga emocional de culpa. (PMC02)
…dedicarme a la investigación
es sin duda junto con la docencia mi mayor pasión, siento que contribuyo a la
vida de las personas, a algo mayor que yo, pero todo eso queda en la entrada de
mi casa y la mujer que entra siempre está en deuda con los más cercanos, no
solo mi esposo e hijos, también pienso en mi madre por ejemplo, con quienes
dicho sea de paso, no podría estar si no tuviera vida fuera del hogar… (PMC04)
En
el caso de la pareja destacan dos elementos, el primero que es la selección
racional de parejas que permitieran el desarrollo de la trayectoria académica,
así como la construcción de una relación “a modo” para caber con el proyecto
académico, respecto a lo cual se destaca un perfil específico de esposo o en su
caso una pareja dedicada a la academia que se asume entiende la lógica del
trabajo científico
En términos de mi relación de
pareja, podría decir que elegí racional y cuidadosamente una pareja que pudiera
convivir, apreciar y acompañar a una mujer académica, es decir, que me diera
tiempos de soledad, que no se sintiera atemorizado con mis logros, que respete
los requerimientos de la academia, que se sintiera cómodo con mis viajes, mis
logros, con una mujer que no cocina, ni va a fiestas familiares o está presente
siempre, etc. (PMC01)
En
múltiples ocasiones me encuentro dudando de poder mantener una relación estable
con un hombre que no fuese del gremio académico para entender perseverancia y
mis decisiones sobre horarios, llevarme trabajo en casa o atender mensajes
relacionados con asesorías. (PMC03)
...
él sabe que mi trabajo no está ni estará a negociación. (PMC04)
La
elección de pareja y los acuerdos entre ésta, en el caso de las mujeres
académicas han sido abordados en otras investigaciones (Castañeda-Rentería y
Contreras Tinoco, 2021), nuestra experiencia parece coincidir con la de otras
académicas sobre todo en la claridad en la que el proyecto académico no está
sujeto a negociación, y en que los acuerdos no son siempre permanentes, ni
exentos de tensiones. Por otro lado, el que no exista una pareja se percibe por
otros como el costo de los logros laborales, y deriva en una mirada lastimosa
por parte de lxs otrxs a la mujer científica,
En momentos sí he llegado a sentir
frustración de no encontrar una pareja adecuada y creo que el aislamiento
emocional es importante, sobre todo tomando en cuenta que constantemente se me
es señalado que este mundo está diseñado para personas que viven en pareja… (PMC02)
En
este sentido vale la pena señalar que resultó revelador identificar que algunas
experiencias respecto a la no existencia de pareja o hijxs, o hasta en relación
con los acuerdos de pareja, son percibidos con cierto pesar por personas
cercanas a nuestro círculo, pese a ser vividas por nosotras como parte de una
realidad elegida.
Sobre
la maternidad los costos percibidos los identificamos en dos sentidos. Por un
lado, y en concordancia con lo señalado en el párrafo anterior, aquellos que
van desde la consideración de no tener hijxs con el respectivo “miramiento” de
otrxs sobre el hecho de la soledad que supuestamente implica para nuestra
vejez; y, por otro lado, no tener hijxs sino hasta alcanzar ciertas metas o
ciertas condiciones de vida, lo que representó en su momento para una de
nosotras un embarazo difícil de lograr y con muchos riesgos, lo que se percibió
efectivamente como un costo derivado de anteponer la trayectoria científica a
la personal.
También
encontramos los costos que experimentamos cuando teniendo hijxs no
podemos/queremos cumplir con los mandatos de crianzas exclusivas o renuncias
laborales, lo que nos lleva a sentir culpa por no estar, no estar lo suficiente
y no cumplir con el mandato todavía presente en nuestra cultura y en nosotras
mismas de la “buena madre”. Sin embargo, pese a lo anterior, la culpa por no
ser esa buena madre que se espera, no resulta lo suficientemente potente para
interpelar la idea de trabajar de otra manera o renunciar al trabajo
científico.
Finalmente,
en nuestras narrativas identificamos otrxs sujetxs importantes para nosotras
respecto a los cuales consideramos pagamos un alto precio derivado de nuestra
dedicación a la ciencia: nuestras amistades.
En el ámbito de las amistades, este
es tal vez el tema que más me gusta y valoro en estos momentos. Aprecio
profundamente las relaciones que he cultivado, especialmente aquellas forjadas
en el ámbito académico. Estas amistades me han ayudado a reducir, con el paso
de los años, mi síndrome de la impostora y han sido un soporte emocional
crucial. No obstante, el sentimiento de nunca tener suficiente tiempo para
dedicar a mis amistades no me abandona, lo cual contribuye a mi constante
sentimiento de culpa. (MCP02)
Las
amistades son sin duda muy importantes, pero efectivamente en la mayoría de
nuestros casos siempre nos sentimos en deuda por no estar lo suficientemente
disponibles para ellxs, pues las demandas del trabajo y de la familia siempre
aparecen como prioritarias. Pese a ello, reconocemos la importancia de contar
con amistades tanto fuera como dentro del ámbito académico. Fuera, pues
consideramos que “oxigenan la labor familiar, pero con quienes no se habla de
la academia y a la hora de buscar coincidir se les deja en última prioridad,
siempre anteponiendo los compromisos académicos” (MCP03).
Dentro
del ámbito de nuestro trabajo, se resume en el siguiente: “el encontrar
personas que se convierten no sólo en colegas cercanxs, sino en amigas, es una bendición”
(MCP04).
Se
identifica pues una lucha constante entre la defensa del proyecto personal y el
cumplimiento de los mandatos que nos configuran identitariamente, en donde
además el querer hacer “bien” las cosas como científica, como madre, como esposa
o como hija, genera un sentimiento de que nunca hacemos lo suficiente para
serlo. Así pues a la culpa se suma un sentimiento de insuficiencia que nos
genera cansancio físico y emocional, además de frustración. Los costos propios
son vividos como renuncias personales, elecciones propias que generan un
sentimiento de insuficiencia.
b)
Costos
extendidos
En
nuestras narraciones encontramos la idea percibida de que nuestros seres más
cercanos pagan un costo derivado de la lucha por la defensa del proyecto
personal, articulado desde la participación en la carrera científica. Un costo
impuesto/extendido desde nosotras a ellxs.
Pareciera que siempre estoy
dividiendo mi tiempo entre cumplir con las demandas de ser
profesora-investigadora y el pasar tiempo con mi familia, lo cual resulta en
una constante sensación de no estar presente de manera plena en ninguno de los
dos aspectos. (PMC02)
Estoy
con mis padres y mi familia, pero al mismo tiempo atendiendo el teléfono, o con
la computadora… (PMC03)
Otro
aspecto que también surgió en la escritura autoetnográfica y en las
conversaciones que tuvimos fue el costo que implica para nuestras familias,
padres, madres, hermanxs, hijxs, el que por nuestros trabajos, por ejemplo,
vivamos en lugares lejanos a donde radica nuestra familia.
Con
relación a la pareja consideramos que si bien en la elección y acuerdos de
quienes contamos con esposos siempre ha sido claro el lugar que ocupa nuestro
trabajo, eso no evita que experimentemos ciertos malestares derivados de lo que
percibimos son los costos que ellos “pagan” por nuestro trabajo:
siempre tengo el permanente sentir
de que estoy en deuda con él, por su tiempo, por su paciencia, porque no estoy
lo suficiente, porque me ve cansada y de malas con frecuencia por aspectos
laborales. (MCP01)
Encontrar
una pareja no fue en sí misma una meta, sino se dio a partir de un
acompañamiento profesional y personal, de una forma natural, una vez
establecida tuvo que acompañarse de acuerdos para mantener mi vida como
científica, que sí era una meta. (MCP03)
Elegí racionalmente a un hombre que
compartiera mis logros y que no se sintiera amenazado con lo que en un primer
momento fueron mis sueños y ahora poco a poco se han ido volviendo realidades.
Sin embargo, un tema que es muy difícil para mí es la culpa de que a mí me vaya
mejor profesionalmente hablando que a él… ha sido todo un tema para mí en los
últimos años. (MCP04)
La
relación con lxs hijxs también figura en esta dimensión. Si bien en el apartado
anterior se describe cómo desde la perspectiva de las que somos madres,
experimentamos que no hacemos lo suficiente para ser “buenas madres”, quienes
tenemos hijxs consideramos además que en ocasiones trasladamos el nivel de
autoexigencia, perfeccionismo, disciplina que nos ha permitido ir consolidando
nuestras trayectorias como científicas a la crianza, lo cual percibimos como un
costo impuesto sobre ellxs derivado de nuestras formas de ser y hacer en el marco
de nuestra labor científica:
así
como soy de obsesionada con un proyecto, esta expectativa de querer hacerlo
todo bien, lo he trasladado a mi forma de exigir calificaciones, de sus
actividades extraescolares, y la verdad me entristece ahora que lo veo así, y
me hace sentir muy mal… (MCP04)
Como “buena madre” me ha sido difícil
contener mi autoexigencia hacia mi hija para dejarla vivir su trayectoria
escolar a su propio ritmo... (MCP03)
Respecto
a las amistades, además del costo propio por el olvido y alejamiento que
nuestra dinámica laboral conlleva, consideramos que ellxs también pagan un
costo impuesto derivado de las características de nuestra labor científica:
Entre tanto frente al que hay que
responder el más castigado en mi vida es la amistad, no tengo muchas amigas
fuera de los ámbitos académicos y lo peor es que a muchas de mis amistades las
veo solo para actividades y proyectos que hay que entregar, con reuniones
rápidas y siempre corriendo… (MCP01)
…coincido, te terminas aislando de
amistades fuera del medio y aunque puedes tener relaciones muy sólidas con
mujeres y hombres académicos, siempre están castigadas por la dinámica de la
vida científica. Se vuelve difícil reunirnos y no hablar del trabajo, de los
temas que nos congregan... de pronto te das cuenta que aún en una reunión para
un café o una cerveza estás planeando un nuevo artículo o un seminario. (MCP04)
Los
costos extendidos son vividos como imposiciones a lxs otrxs, y generan deuda,
culpa y malestar.
Conclusiones
En las culturas híbridas (García-Canclini,
1997) las mujeres hemos sido receptoras de mandatos contradictorios,
irreconciliables y discordantes: el de género y el de éxito profesional. Por un
lado, recibimos mandatos ligados con una identidad femenina hegemónica, por
ejemplo, el mandato de la “madreesposa” (Lagarde, 2001), del ser para otrxs
(padres, madres, hijxs, parejas, amistades, etc.), de ocupar el ámbito privado,
de llevar a cabo el trabajo doméstico, de realizar el trabajo de cuidados (en
mascotas, personas enfermas, etc.) e incluso nuestros modelos y referentes de
vida y feminidad han sido mujeres cuyas feminidades son afines a estos roles y
normas. De hecho, mucho se ha dicho ya sobre la importancia de la existencia de
modelos y referentes en la vida de las mujeres. Todavía es común escuchar que
por primera vez en tal o cual país, en tal o cual institución, una mujer ocupa
un cargo que hasta entonces había sido ocupado por hombres. En el caso que nos
ocupa en este trabajo, la mayoría de las que participamos no sólo somos las
primeras científicas en nuestras familias, sino que, además, somos las primeras
mujeres en tener estudios universitarios y alcanzar niveles de escolaridad a
nivel posgrado.
Por
otro lado, somos
al mismo tiempo mujeres propias del proyecto modernista y neoliberal de los
países latinoamericanos que ha impuesto a las clases medias la educación
superior y el trabajo como modos de vida deseables y como mecanismos para
lograr la movilidad social y económica. Este proyecto modernista, a su vez, se
entrecruza con las demandas feministas y las crisis económicas que hicieron
insostenible que las unidades familiares se sostuvieran con un solo salario
(Castañeda-Rentería y Contreras Tinoco, 2019). Todo esto ha permitido que las
mujeres nos insertemos en el ámbito público, en un campo específico como lo es
el científico, el cual, en la época contemporánea está caracterizado por la
competitividad, la autoexigencia, la individualización, la búsqueda de
prestigio. Sin embargo, no solo ha permitido que nos insertemos, sino que, nos
ha impuesto nuevas demandas y parámetros de medición, tal como menciona Zicavo
(2013) la maternidad o el dedicarse al trabajo doméstico no remunerado ya no
representa reconocimiento o prestigio para las mujeres en la época actual.
Muchas de las mujeres académicas
hemos sido socializadas para cumplir a cabalidad tanto con los mandatos de
género como con los mandatos laborales, tan es así que en el artículo
“Resistencias y reproducciones de mujeres académicas: Estrategias de
supervivencia en la academia patriarcal/neoliberal” (Enciso Domínguez et al.,
2021) se determina que las mujeres optan por estrategias como el malabarismo,
la limitación o la sororidad para lograr compaginar y conciliar vida laboral y
vida privada. Aunque hay otras mujeres como “las superwoman” de las que habla Sánchez (2019) que tienden más bien a
buscar cumplir con perfección tanto los roles impuestos por los mandatos de
género como por la ciencia. Es claro en las narrativas de nuestras experiencias
esa tensión. Desde ahí mucho de lo que expresan nuestras cuatro voces es
coincidente con la bibliografía sobre mujeres académicas y científicas
precedente (Castañeda-Rentería y Araujo, 2021; Castañeda-Rentería et al., 2019;
Castañeda y Contreras, 2017; etc.) respecto a la presencia de la culpa, el
cansancio y la no renuncia de mujeres escindidas entre su vida pública y
privada.
Sin embargo, lo que a nuestro
parecer resulta novedoso y representa un aporte a la literatura sobre género y
ciencia es que en las narrativas presentadas en nuestro texto identificamos que
existe la percepción de que no solo nosotras pagamos un alto costo por la
defensa de nuestros proyectos profesionales en el ámbito científico, sino que,
además, ese costo es trasladado e impuesto sobre quiénes nos rodean: pareja,
padres, madres, amistades, hijxs, etc.
La presencia de lxs otrxs en la
vida, relaciones, de nosotras mujeres científicas resultan de una importancia
tal que no solo nos sentimos en deuda, con gran culpa e insuficientes por no
ser la buena madre, la buena hija, la buena esposa, la buena amiga que
deberíamos de ser, sino que, además, la culpa se incrementa cuando percibimos
que sacrificamos a quienes amamos haciéndoles pagar un costo a cambio de
nuestro éxito como mujeres en la ciencia.
Esto resultó frustrante y paradójico
para algunas de nosotras. Frustrante porque al parecer nunca haremos lo
necesario para hacerlo bien y la sociedad (y nosotras mismas) constantemente lo
recrimina. Paradójico, pues a nuestros sentimientos de culpa e insuficiencia
por lo que hacemos, dejamos de hacer, o hacemos “como podemos”, al parecer, se
suma la culpa de sentir que imponemos sacrificios a otrxs para lograr
consolidar nuestro proyecto personal. Ante eso, resulta imposible encontrar una
salida.
La necesidad de demostrar mi valía en el ámbito profesional,
junto con las altas expectativas autoimpuestas, han creado una dinámica en la
que siempre parece que estoy repartiendo "migajas" de tiempo y
atención a las personas importantes en mi vida. (MCP02)
En suma, estas mujeres científicas
sincréticas tenemos una experiencia vital marcada por la incompletud, por lo
inacabado, por la deuda con nosotras mismas y con nuestros vínculos, puesto que
siempre pagamos los costos del esfuerzo de intentar compaginar dos caminos que
parecen distantes e irreconciliables, y al parecer extendemos esos costos a
nuestros círculos más cercanos.
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Autónoma del Estado de México, México. Correo electrónico: lors@uaemex.mx