NARCOPATRIARCADO:
GENEALOGÍAS PATRIARCALES DE LA VIOLENCIA EXTREMA
NARCOPATRIARCHY:
PATRIARCHAL GENEALOGIES OF EXTREME VIOLENCE
Sughey
Daniela Castro Angulo[1]
DOI:
https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8415
Resumen
En este artículo propongo y
desarrollo la categoría de narcopatriarcado como una herramienta conceptual
para comprender el entrelazamiento entre el patriarcado y el narcotráfico en
contextos de violencia extrema en México. Parto de la necesidad de construir un
marco teórico que articule de forma crítica las relaciones de género con las
dinámicas del narcotráfico, para la comprensión de las violencias que viven las
mujeres en territorios atravesados por economías criminales. A través de una
revisión feminista de genealogías sobre patriarcado, sus dimensiones
estructural, simbólica y afectiva, en diálogo con los estudios sobre
narcotráfico y narcocultura, argumento que el patriarcado persiste en estos
escenarios y se intensifica hasta configurar un orden violento específico.
Metodológicamente, esta reflexión se sostiene en un análisis crítico de
literatura interdisciplinaria y en una escritura situada donde reconozco la
importancia de pensar desde experiencias encarnadas en territorios violentados. Los principales resultados teóricos del artículo
son la definición del narcopatriarcado como un régimen híbrido que articula en
sus diferentes dimensiones, construcción de identidades, control territorial,
violencia estética, pedagogías de la crueldad y formas extremas de violencia
feminicida. Al mismo tiempo, incorporo cómo las resistencias feministas
(corporales, afectivas, comunitarias y políticas) desestabilizan este régimen y
permiten disputar su narrativa. Concluyo que nombrar el narcopatriarcado es un
acto político que amplía los debates feministas sobre violencia en América
Latina y abre líneas para futuras investigaciones en movilidad, ciudad,
juventudes y cultura, desde una perspectiva situada e interseccional.
Palabras clave: Narcopatriarcado, patriarcado, narcotráfico, violencias,
cuerpo
Abstract
In this article, I propose and develop the category of
narcopatriarchy as a conceptual tool to understand the entanglement between
patriarchy and drug trafficking in contexts of extreme violence in Mexico. I
begin from the need to construct a theoretical framework that critically
articulates gender relations with the dynamics of drug trafficking, in order to
better comprehend the forms of violence experienced by women in territories
crossed by criminal economies. Through a feminist review of genealogies of
patriarchy, particularly its structural, symbolic, and affective dimensions, in
dialogue with studies on drug trafficking and narcoculture, I argue that
patriarchy not only persists in these settings but intensifies to the point of
configuring a specific violent order. Methodologically, this reflection is
grounded in a critical analysis of interdisciplinary literature and in a
situated writing practice that recognizes the importance of thinking from
embodied experiences within violent territories. The main theoretical
contribution of the article is the definition of narcopatriarchy as a hybrid
regime that articulates, across its different dimensions, the construction of
identities, territorial control, aesthetic violence, pedagogies of cruelty, and
extreme forms of feminicidal violence. At the same time, I examine how feminist
resistances (bodily, affective, communal, and political) destabilize this
regime and challenge its narrative. I conclude that naming narcopatriarchy is a
political act that broadens feminist debates on violence in Latin America and
opens paths for future research on mobility, cities, youth, and culture from a
situated and intersectional perspective.
Recepción: 21 de noviembre de 2025/Aceptación: 17 de abril de 2026
Introducción
El título de este trabajo, “Narcopatriarcado:
genealogías patriarcales de la violencia extrema”, alude a la necesidad de
rastrear los orígenes y mutaciones del patriarcado cuando se entrelaza con las
lógicas del narcotráfico. Reconociendo que estas lógicas varían en diferentes
contextos y que el narcotráfico no representa una historia lineal ni estática
(Polit, 2014), hablo de genealogías porque se trata de un entramado
histórico y cultural que hunde sus raíces en estructuras patriarcales previas y
que, en contextos atravesados por economías ilícitas y violencias criminales,
se potencia hasta volverse extrema. Este narcopatriarcado se expresa en
distintas dimensiones, desde las violencias urbanas que restringen el tránsito
y la vida pública de las mujeres, en las violencias sexuales que marcan sus
cuerpos como territorios de poder, la cosificación y la violencia estética que
reducen su subjetividad a mercancía, hasta la violencia feminicida como forma
última de control y aniquilación (Lagarde, 2010). Con esta categoría, entonces,
busco nombrar un orden violento que no es nuevo, pero que en contextos como el
mexicano adquiere rasgos específicos, urgentes de problematizar desde una
mirada feminista situada.
En este sentido, parto del reconocimiento que, a pesar de la
creciente producción académica en torno al narcotráfico y a la narcocultura,
persiste una necesidad de construir un marco teórico para la articulación entre
este fenómeno y el patriarcado. Las investigaciones en torno al crimen
organizado han privilegiado marcos criminológicos, securitarios o económicos,
mientras que los estudios feministas han abordado de manera escasa las
violencias vinculadas a las economías criminales. Entonces, la relevancia de
esta discusión en la actualidad es imprescindible. México y toda América Latina
atraviesan un momento crítico en el que las violencias extremas, los
feminicidios y la presencia cotidiana de actores criminales demandan ser
pensados desde una lente feminista (Rincón et al., 2022).
Comprender estas violencias desde categorías situadas permite
explorar su especificidad, su historicidad y su impacto diferenciado para las
mujeres. En esta línea, con este trabajo me planteo el objetivo central de
proponer y desarrollar la categoría de narcopatriarcado, entendida como una
herramienta conceptual para pensar la imbricación entre patriarcado y
narcotráfico en contextos específicos de México.
Consideraciones
metodológicas
Este texto lo construyo como una
reflexión teórica que, aunque no presenta resultados empíricos, se nutre
directamente de mi quehacer investigativo, de las inquietudes, preguntas y
tensiones que han surgido en el trabajo de campo y en el diálogo con los marcos
conceptuales feministas.
En el marco de mi experiencia en investigación, centrada en la
movilidad y experiencia urbana de mujeres en Culiacán, Sinaloa, han emergido
narrativas, afectividades y prácticas que evidencian cómo las violencias que
atraviesan la vida cotidiana de las mujeres se entrelazan con significados
sociales más amplios sobre el territorio, el cuerpo y el riesgo. Ante la
inquietud de notar que el narcotráfico no opera únicamente como un “contexto”
de violencia, creí oportuno pensar más allá de las descripciones contextuales del
narcotráfico y de explorar la relación estructural entre patriarcado y
narcotráfico en regiones como Sinaloa, donde este fenómeno ha tenido un
desarrollo histórico, económico y cultural particular. Así, aquí presento
algunas de estas reflexiones y la propuesta inicial de narcopatriarcado como
herramienta analítica para comprender cómo estos órdenes se entrelazan, se
potencian y producen efectos concretos sobre los cuerpos, las subjetividades y
las vidas de las mujeres.
Mi posicionamiento se inscribe en una perspectiva feminista y
situada (Castañeda, 2014), reconozco que escribir también es una experiencia
encarnada que informa la reflexión conceptual, y que producir teoría desde
contextos específicos -marcados por violencias extremas- es una apuesta epistemológica
necesaria (Corona y Kaltmeier, 2012). En este marco, mi estrategia metodológica
consistió en una revisión crítica de genealogías conceptuales en torno al
patriarcado, las violencias y el narcotráfico, con el fin de rastrear los
límites de las categorías existentes y las ausencias en la articulación entre
narcotráfico y género.
Cabe señalar que las ideas desarrolladas en este texto parten de
una lectura situada en las dinámicas socioculturales de Sinaloa, México. No
obstante, mi intención no es fijar una categoría cerrada, sino abrir un campo
de discusión que permita pensar críticamente las articulaciones entre
narcotráfico y género en otros contextos de México y América Latina donde estos
fenómenos también se manifiestan. En ese sentido, propongo la categoría
narcopatriarcado como una herramienta analítica en construcción, susceptible de
ser ampliada, tensionada o disputada desde diferentes marcos teóricos y desde
investigaciones empíricas diversas.
Patriarcado: lecturas
críticas de un orden violento
El patriarcado ha sido uno de los
conceptos más trabajados dentro de la teoría feminista para explicar la
persistencia de la subordinación de las mujeres y la organización desigual de
las sociedades. Las teóricas clásicas colocaron las bases para entenderlo como
un sistema histórico, político y estructural. Gerda Lerner (1986) lo definió como
la institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres dentro de la
familia y la extensión de esta supremacía al resto de la sociedad. Para la
autora, el patriarcado no es un hecho “natural” ni biológico, es el resultado
de un proceso histórico, con lo que rompe con las visiones esencialistas de la
subordinación femenina. En una línea semejante, Sylvia Walby (1990) plantea que
el patriarcado debe concebirse como un modelo que puede transformarse, asumir
diferentes grados o formas, y que está sujeto a cambios históricos sin que esto
suponga un desarrollo lineal o evolucionista. Esta lectura me permite articular
que el patriarcado no permanece fijo, sino que muta y se reconfigura en
contextos sociohistóricos específicos, dando lugar a distintas formas de
dominación.
Desde
América Latina, diversas autoras han complejizado esta conceptualización
situándola en contextos atravesados por la colonialidad, la desigualdad social
y la violencia extrema. Marcela Lagarde (2015, 2018) señala que el patriarcado constituye
un espacio histórico del poder masculino que se manifiesta en las más diversas
formaciones sociales y se conforma por distintos ejes de relaciones sociales y
contenidos culturales. Esta mirada resalta que no existe un patriarcado único,
sino que este se configura en plural, encarnado en múltiples cautiverios que
restringen la vida de las mujeres.
En
este punto, el patriarcado no puede comprenderse únicamente como un sistema
abstracto, ya que este se materializa en distintas dimensiones que atraviesan
la vida cotidiana y se encarnan en las instituciones, en los imaginarios y en
las afectividades. A continuación, me interesa señalar estas dimensiones que
permiten complejizar su análisis y explorar cómo se reproduce la dominación: la
estructural, la simbólica y la afectiva.
En
primer lugar, en su dimensión estructural, el patriarcado se expresa como un
entramado de instituciones, normas y políticas que sostienen y perpetúan la
desigualdad de género. Heleieth Saffioti (2004) subraya que este orden se
encuentra íntimamente articulado con el capitalismo. Ambos sistemas se
refuerzan mutuamente, mientras el patriarcado garantiza la explotación de las
mujeres en los ámbitos doméstico y laboral, el capitalismo perpetúa esta
subordinación al naturalizar el trabajo no remunerado y las desigualdades de
género.
En
segundo lugar, el patriarcado también opera en una dimensión simbólica que se
expresa en representaciones, discursos y mitos que legitiman la desigualdad
entre los géneros. Consuelo Trujillo (2019) ha señalado que el orden simbólico
patriarcal se sostiene en la producción de narrativas que presentan a los
hombres como superiores por naturaleza y a las mujeres como seres dependientes
o subordinados. Junto a estos símbolos operan los mandatos de género,
entendidos como guías normativas que prescriben comportamientos, deseos y
trayectorias vitales diferenciadas para hombres y mujeres (Estrada-Montes de
Oca et al., 2024). Estos mandatos producen y reproducen roles hegemónicos
que funcionan como horizontes de “lo permitido” y “lo prohibido” en la vida
cotidiana.
Por
último y siguiendo esta línea argumentativa, puede destacarse la existencia de
un orden patriarcal afectivo que organiza y regula sentimientos como el miedo,
la vergüenza, la culpa o el deseo. En este sentido, Sara Ahmed (2014) sostiene
que las emociones deben pensarse como prácticas culturales que no permanecen en
el ámbito privado, ya que configuran vínculos colectivos y alinean a las
personas con determinados valores e ideologías.
Para
la autora, el patriarcado manipula los afectos para reproducirse. Por ejemplo,
el miedo limita la movilidad y restringe los espacios de acción de las mujeres;
la vergüenza y la culpa funcionan como dispositivos de control que norman la
sexualidad y la expresión de los deseos; la felicidad se convierte en un
horizonte normativo que premia la conformidad con los mandatos de género, al
tiempo que sanciona a las mujeres que se desvían de estas jerarquías (Ahmed,
2014). No obstante, comprender el patriarcado como un régimen afectivo
involucra reconocer que las emociones son un terreno de disputa política, son
moldeadas por estructuras de poder, pero también pueden ser reapropiadas para
la resistencia y la construcción de vínculos emancipadores (Kern, 2020).
En
síntesis, incorporar al análisis las dimensiones estructural, simbólica y
afectiva del patriarcado, permite reconocerlo como un sistema complejo,
dinámico y relacional que se reproduce en múltiples niveles. Desde las
instituciones y las políticas que garantizan la desigualdad, hasta los
imaginarios culturales que naturalizan la subordinación y los afectos que
disciplinan los cuerpos y las trayectorias de vida.
En
este punto, me interesa destacar que el patriarcado no es una estructura
estática ni inmutable, pues este se transforma y se intensifica al articularse
con otros sistemas de dominación (Guzmán, 2019). En contextos atravesados por
economías ilícitas y violencias criminales, como los configurados por el
narcotráfico, estas dimensiones se exacerban y adquieren rasgos específicos que
demandan nuevas herramientas teóricas. Es en este último argumento donde me
interesa prestar atención en este escrito.
Narcotráfico y género: el vacío
teórico
Como punto de partida, es complicado
articular una definición específica de lo que es el narcotráfico. Como advierte
Gabriela Polit (2014) ‘‘al narcotráfico hay que leerlo con cautela’’ (p. 177).
Más que un fenómeno homogéneo, se trata de un entramado histórico, económico y
cultural que ha adquirido configuraciones diversas en distintos territorios de
América Latina. Desde esta lectura, se trata de un fenómeno que cuenta con
historias, actores y dinámicas particulares en cada contexto. Estas diferencias
territoriales no son menores, pues influyen en las formas de organización
criminal y en los aspectos culturales que constituyen lo que llamamos
narcotráfico (Polit, 2014). Sin dejar de lado esta advertencia y desde
una perspectiva más estructural, el narcotráfico puede entenderse como una de
las principales economías criminales que articulan la criminalidad organizada
en América Latina. Su funcionamiento depende de redes complejas que operan en
la producción, distribución y comercialización de drogas (Almanza et al.,
2018).
Ahora
bien, un aspecto que me interesa resaltar es que el estudio del narcotráfico en
México ha estado atravesado por una mirada que privilegia lo criminal, lo
económico e incluso lo cultural. Lo cierto es que el fenómeno no puede
entenderse sin el análisis crítico de las relaciones de género que lo
sostienen. Esta omisión borra las formas en que el patriarcado se reformula al
calor de las economías ilícitas, de la violencia y el crimen organizado. En
esta línea, en distintas regiones, especialmente allí donde las violencias
criminales alcanzan niveles extremos, la trama entre narcotráfico y patriarcado
se vuelve parte constitutiva de la vida cotidiana de las mujeres que los
habitan.
Para
tratar de explorar este punto, es importante retomar el género como categoría
crítica de análisis, ya que este se convierte en un eje que organiza
identidades, roles y jerarquías dentro del narcotráfico (Núñez-Noriega y
Espinoza, 2017). En este marco, las mujeres son comprendidas como una otredad
frente a lo masculino, como lo enemigo que debe ser conquistado y sometido
(Tajahuerce y Rodríguez, 2024). Esta última idea la retomaré más adelante.
Por
ahora, con la intención de situar este análisis en las experiencias de las
mujeres, diversas autoras han mostrado que la narcocultura es, además, un
espacio donde el cuerpo de las mujeres funciona como símbolo, mercancía y
recurso (Ovalle y Giacomello, 2006). Anajilda Mondaca (2024) describe cómo las
mujeres son construidas como trofeos, adornos o extensiones del prestigio
masculino. En estas lógicas, su presencia se limita a magnificar el poder del
hombre que las exhibe. A través de este orden, las mujeres quedan confinadas a
roles de apoyo -pareja, amante, figura decorativa- que legitiman la centralidad
masculina y restringen la posibilidad de autonomía y agencia de las mujeres.
No
obstante, autoras advierten que persiste una deuda histórica en el análisis del
narcotráfico desde la teoría de género (Lizárraga y Yazuño, 2019). Retomo esta
advertencia para subrayar la urgencia de un desplazamiento teórico que, así
como documenta la participación de las mujeres en organizaciones criminales,
interrogue críticamente el sistema mismo del narcotráfico y su capacidad para
reforzar jerarquías de género. Para captar la profundidad del fenómeno, es
necesario desplazar la lente, dejar de mirar el narcotráfico solo como economía
ilícita o como estética mediática, y empezar a entenderlo como una estructura
de género que organiza mandatos, cosifica los cuerpos de las mujeres y legitima
formas extremas de violencia (Polit, 2014).
En este horizonte se sitúa la
categoría de narcopatriarcado, que propongo para nombrar y analizar la manera
en que la violencia criminal y el patriarcado se co-constituyen en contextos de
violencia extrema. Esta noción permite iluminar cómo dicho entrelazamiento
moldea la vida cotidiana, las posibilidades de movilidad y la experiencia
situada de las mujeres que habitamos estos territorios.
Hacia la categoría de
narcopatriarcado
Ruth Solarte (2018) y Susana De
Castro (2025) emplean el concepto de narcopatriarcado para referirse a un
sistema patriarco-capitalista asociado a contextos dominados por los capos del
narcotráfico, quienes se constituyen como dueños de medios de producción
emergentes. En estos trabajos, el concepto funciona principalmente como una
categoría descriptiva. No obstante, considero que esta noción requiere un mayor
desarrollo analítico.
Desde
la perspectiva que propongo en este texto, el narcopatriarcado no debe de
entenderse simplemente como un patriarcado “reforzado”, sino como una mutación
que adquiere características extremas en contextos dominados por las lógicas
del narcotráfico. Esta categoría nos permite nombrar cómo la violencia criminal
y las jerarquías de género operan en conjunto y se co-constituyen, configurando
un orden en el que el poder patriarcal encuentra nuevas formas de desplegarse y
legitimarse bajo el lenguaje de la violencia (Segato, 2016). De este modo, es
importante retomar, articular y tensionar los debates actuales en cuanto a la
teoría feminista sobre la imbricación de la violencia patriarcal con el
narcotráfico y la violencia criminal.
Como
punto de partida, retomo a la filósofa Sayak Valencia (2012) quien plantea que
el capitalismo gore y el patriarcado se articulan para explicar cómo la
violencia extrema se ha convertido en una herramienta económica y política en
contextos como el de México. Por un lado, capitalismo gore describe un sistema
en el que la violencia se vuelve mercancía. En este marco, además, se produce
una espectacularización de la violencia. A partir de conceptos como la
necroscopía (Valencia, 2022), la autora describe cómo la muerte y el asesinato
se convierte en objetos de consumo cultural. A través de distintos dispositivos
mediáticos -series, películas, música, literatura o contenidos digitales- la
violencia se convierte en un espectáculo que circula socialmente y que
contribuye a naturalizar imaginarios donde la muerte, el asesinato y la
crueldad se integran en la cultura popular.
Este
planteamiento se complejiza con la noción de necropatriarcado propuesto por la
autora, la cual vincula la estructura histórica del patriarcado con la
necropolítica, es decir, con el poder de decidir quién vive y quién muere. En
este sistema, la masculinidad se valida y reproduce a través del ejercicio de
la violencia extrema, configurando un régimen en el que la muerte se convierte
en una tecnología de poder (Ludueña, 2026).
Estos
debates teóricos resultan sugerentes para pensar las dinámicas contemporáneas
de la violencia, por lo que los retomo para tensionar esta dimensión analítica.
Mientras el necropatriarcado dialoga principalmente con conceptos como la
necropolítica y las economías de la violencia, la categoría de narcopatriarcado
que propongo se sitúa en un punto de partida teórico anclado en las discusiones
feministas y en las genealogías sobre el patriarcado y el poder. En este
sentido, no incorporo el prefijo “narco” únicamente como una referencia
contextual al narcotráfico o al crimen organizado, sino como una forma de
nombrar críticamente una imbricación histórica entre estructuras patriarcales,
economías criminales, control territorial y regímenes de violencia que
atraviesan la vida cotidiana.
Características y expresiones del
narcopatriarcado
Tratando de enmarcar las
características y expresiones del narcopatriarcado, considero necesario
realizar un recorrido por los distintos aportes y discusiones que se han dado a
la tarea de explicar la violencia que se produce dentro de estos sistemas. Uno
de los elementos más señalados en los estudios sobre narcotráfico es la
producción y exaltación de determinadas formas de masculinidad. Desde esta
perspectiva, el narcotráfico funciona como un espacio donde se performan
versiones extremas del poder masculino (Núñez-González y Núñez-Noriega, 2019).
Sin
embargo, para comprender con mayor profundidad estas dinámicas es necesario
situarlas dentro de debates más amplios sobre estas configuraciones
contemporáneas. Por ejemplo, Andrea Neira (2021) argumenta cómo los imaginarios
de guerra y grupos armados pueden entenderse como tecnologías de género que
producen masculinidades militarizadas o masculinidades bélicas. En el caso de
México, este ‘‘sirve para ilustrar las consecuencias de la militarización
debido a la generalizada militarización de sus fuerzas armadas desde 2006’’
(Flores-Macías y Zarkin, 2021, p. 530). Este proceso ha contribuido a reforzar
determinados imaginarios de masculinidad asociados con la guerra, la disciplina
y el ejercicio legítimo de la violencia. Por ejemplo, Daira Arana y Daniela
Phillipson (2025) señalan que, ante estas construcciones de masculinidad
militarizada, las violencias de género encuentran un espacio donde
legitimizarse como parte de las prácticas que sostienen la cohesión y la
jerarquía dentro de estas estructuras.
En
esta discusión se sitúan Isabel Tajahuerce y Manuel Rodríguez (2024) cuando
describen la persistencia de masculinidades bélicas, es decir, formas de
construcción de la masculinidad profundamente marcadas por imaginarios de
guerra. En estas configuraciones, el lenguaje militar, la exaltación de la
violencia y la disciplina corporal se convierten en elementos centrales para
definir lo masculino.
Lo
que me interesa al rescatar estos aportes sobre la violencia, la masculinidad y
el narcotráfico, es que, en su conjunto, permiten reflexionar sobre cómo dentro
de estas construcciones identitarias, la violencia cumple múltiples funciones
simbólicas y prácticas. Como señala Karina García-Reyes (2020, 2022), puede
operar como una regla básica de funcionamiento del negocio, como un mecanismo
de control o incluso como una fuente de reconocimiento para quienes participan
en estas estructuras. Es decir, la violencia se convierte en un recurso
fundamental para producir autoridad y legitimidad dentro de estos sistemas.
Ahora
bien, otra característica donde opera el narcopatriarcado a la que me interesa
prestar atención es el control territorial, expresión que desnuda la
articulación entre poder criminal y orden patriarcal. El territorio -calles,
colonias, ciudades completas- se convierte en un espacio apropiado
violentamente y masculinizado a través de demostraciones de fuerza
(Burgos-Dávila et al., 2023). Se puede decir que esto afecta de manera
diferencial a las mujeres, cuyas prácticas en el espacio urbano se ven
restringidas por un doble riesgo: el riesgo criminal y el riesgo patriarcal.
Hilando
con la idea anterior, un análisis de género sobre este control territorial
también expresa la dimensión estructural del patriarcado ampliada bajo
condiciones del narcotráfico, pues el poder se ejerce sobre los cuerpos y sobre
los espacios, estableciendo fronteras tácitas sobre quién puede moverse, cuándo
y de qué manera (Massey, 1994).
En
este punto, otra característica central que me interesa rescatar para
fortalecer esta reflexión sobre el narcopatriarcado son las pedagogías de la
crueldad, concepto desarrollado por Rita Segato (2018) que permite comprender cómo
la violencia extrema se convierte en un lenguaje político y social. En este
marco, los cuerpos de las mujeres funcionan como superficies de inscripción del
poder criminal, son utilizados como mensaje, advertencia o castigo colectivo.
Ahora
bien, es importante profundizar analíticamente en la distinción entre las
violencias ejercidas contra hombres y contra mujeres en estos contextos de
criminalidad. Los crímenes de género constituyen formas de violencia que
afectan a las mujeres, violencias inscritas en estructuras sociales que
reproducen relaciones de poder patriarcales (Fregoso y Bejarano, 2010). Al
mismo tiempo, la violencia ejercida contra hombres dentro de estos contextos
cumple funciones simbólicas vinculadas al orden patriarcal. Una de las estrategias
más significativas para reforzar la identidad masculina dentro de estos
sistemas es la feminización de los cuerpos de los enemigos (Parrini, 2016). La
mutilación, la exposición pública de los cuerpos y su utilización como mensajes
de terror transforman a los hombres derrotados en objetos, reforzando la
jerarquía masculina a través de su subordinación simbólica. Marcar al enemigo
como débil o inferior implica, precisamente, situarlo en el lugar de lo
feminizado dentro de una estructura profundamente patriarcal (Tajahuerce y
Rodríguez, 2024).
Esta
distinción permite comprender que, mientras gran parte de la violencia letal
contra hombres se inscribe en dinámicas de confrontación entre actores armados
o disputas, la violencia contra las mujeres adquiere un carácter ejemplar y
disciplinador, donde sus cuerpos funcionan como superficies de inscripción
simbólica del poder. Desde esta perspectiva, estas formas diferenciadas de
violencia revelan la persistencia de un orden de género que organiza y legitima
dichas prácticas. Es precisamente en este cruce entre violencia, género y poder
donde el concepto de narcopatriarcado permite iluminar cómo estas dinámicas se
articulan para producir jerarquías, disciplinar cuerpos y regular la vida
social en territorios atravesados por el narcotráfico.
Continuidades y rupturas con el
patriarcado ‘‘clásico’’
El narcopatriarcado hereda los
cimientos del patriarcado, pero los sitúa en un terreno donde la violencia
armada, el control territorial y las economías ilícitas amplifican su capacidad
de producir daño y sometimiento. En este marco, diferentes autoras han
analizado la presencia de las mujeres en la cultura del narcotráfico, señalan
cómo se produce un imaginario específico sobre la feminidad asociado a este
universo social donde el cuerpo ocupa un lugar central como marcador de
estatus, deseo y poder (Herrera-Bórquez, 2018; León-Olvera, 2019; Mata-Navarro,
2013).
Así,
una de las rupturas -o más bien, intensificaciones- que introduce el
narcopatriarcado se expresa en la violencia estética, entendida como la
imposición de un ideal corporal hipersexualizado que opera como un mandato de
género (Pineda, 2021) dentro de la narcocultura. En este orden, el cuerpo de
las mujeres se convierte en un trofeo, un signo de prestigio, un objeto de
intercambio simbólico y material que circula en las lógicas del poder del narco
(Mondaca, 2024).
No
obstante, comprender estas dinámicas no implica reducir a las mujeres a
posiciones pasivas dentro de estos sistemas. Como señala Itzelin Mata Navarro
(2012), en estos contextos el capital corporal adquiere un valor central en la
interacción social (Bourdieu, 1997). El cuerpo se convierte en un recurso que
puede funcionar como valor de cambio para ascender en ciertas jerarquías
sociales, obtener reconocimiento o acumular capital simbólico. Aquí es
importante mencionar que este ideal corporal es producido, repetido y
legitimado por un entorno donde la estética del exceso -cirugías,
modificaciones corporales, consumo performativo de belleza- se vuelve un
requisito para la visibilidad social y para la “validez” afectiva de las
mujeres.
En
esta lectura, Itzel Hernández-Avilez y Lizbeth García-Montoya (2025) señalan
que existe una relación directa entre el clima de violencia generalizada y la
práctica de someter los cuerpos de las mujeres a procedimientos estéticos con
el fin de ajustarse al molde de belleza que la narcocultura exige como
parámetro de lo deseable, incluso a costa de la salud física y emocional.
En
este entramado cultural se sitúa también lo que Alejandra León Olvera (2019)
denomina feminidad buchona, entendida como un conjunto de características
físicas, simbólicas, axiológicas a las que las mujeres aspiran y reproducen
dentro del narcotráfico. No obstante, para la autora, esta categoría no remite
a una única forma de feminidad homogénea. Por el contrario, se trata de un
tejido de prácticas y significados socioculturales que producen jerarquías
entre las propias mujeres, donde ciertos cuerpos, estilos y consumos adquieren
mayor legitimidad y visibilidad dentro de las relaciones de poder que
estructuran el narcomundo (León-Olvera, 2022).
Leídas
en conjunto, me interesa resaltar que el narcopatriarcado se caracteriza por
estas formas complejas de regulación estética y simbólica de los cuerpos femeninos,
la producción de ideales corporales, la valorización de ciertos atributos
físicos y la circulación de modelos de feminidad asociados al prestigio operan
como mecanismos que ordenan el deseo, distribuyen reconocimiento social y
refuerzan jerarquías de género dentro de estos contextos (García-Montoya,
2026).
Ahora
bien, un análisis crítico de esta caracterización obliga a pensar que el
narcopatriarcado opera también con fuerza la dimensión afectiva del
patriarcado. En el orden del narcotráfico, la búsqueda de ese ideal
hipersexualizado se convierte en un horizonte afectivo que promete movilidad
social, protección o prestigio, mientras produce un disciplinamiento emocional
que restringe la autonomía de las mujeres.
Marcela
Lagarde (2014) ilumina este fenómeno al recordar que en el patriarcado las
mujeres no solo permanecemos cautivas, sino también cautivadas. Es decir,
seducidas por las promesas del orden que nos oprime. En el narcopatriarcado,
esta doble mecánica se agrava. La cautividad física y simbólica se entrelaza
con una cautivación afectiva que posiciona a las mujeres como piezas clave para
la reproducción del poder, incluso cuando esa incorporación exige su
sometimiento a procedimientos dolorosos, riesgosos y violentos. De este modo,
el cuerpo de las mujeres -primer territorio en disputa, la primera geografía
(Rich, 1984)- se convierte en un espacio donde se inscriben tanto las
jerarquías de género como las lógicas criminales que las intensifican.
En
esta línea, me interesa destacar también una de las expresiones más crudas del
narcopatriarcado, aquella que emerge cuando la violencia se manifiesta en su
forma feminicida. Si bien este fenómeno merece ser abordado con mayor
profundidad y constituir el eje central de otro trabajo, considero importante
señalar aquí algunas de sus especificidades y la urgencia de pensarlo también
desde marcos analíticos como el que ofrece la categoría de narcopatriarcado.
Heydi Mares (2025), hace un llamado a nombrar estas violencias extremas como
narcofeminicidios. En su definición, este refiere al asesinato de mujeres que,
aun cuando pueden o no estar directamente vinculados a actividades criminales,
comparten un mismo sustrato: la misoginia estructural que diferencia, cualifica
y jerarquiza las violencias que viven hombres y mujeres.
En general, al hablar de narcopatriarcado, habría que reconocer
que se configura como un orden violento híbrido, con lógicas, dispositivos y
efectos propios, que emerge de la co-constitución entre poder criminal y
jerarquías de género. Este entrelazamiento produce un régimen donde la
violencia deja de ser una excepción y se convierte en principio organizador de
la vida cotidiana, los cuerpos y los territorios (Hernández-Avilez y García-Montoya, 2025).
Cuerpos y voces en
resistencia frente al narcopatriarcado
Hasta este punto, me ha interesado
desarrollar las formas en las que, en el narcopatriarcado, los cuerpos de las
mujeres se convierten en territorios de control, donde se inscriben diversas
formas de disciplinamiento. Así, el cuerpo opera simultáneamente como un
territorio íntimo y un territorio político, donde se expresan las formas más
radicales del poder narcopatriarcal.
No
obstante, uno de mis objetivos es también rescatar que, ante este panorama, los
cuerpos de las mujeres no pueden ser reducidos únicamente a receptáculos de
violencia. Antes de profundizar en esta idea, me resulta imprescindible
reconocer que la discusión sobre la agencia de las mujeres en contextos
atravesados por economías criminales también ha sido abordada a partir
de su participación directa dentro de las estructuras del narcotráfico. Es
decir, existe un interés por explorar la manera en que las mujeres pueden
desempeñar múltiples roles que van desde tareas logísticas y de cuidado hasta
funciones operativas o de liderazgo en ciertas estructuras criminales (Vásquez y
Urgelles, 2022). Estos trabajos han permitido complejizar la imagen tradicional
de las mujeres asociadas al narcotráfico únicamente como víctimas o
acompañantes de los hombres.
Sin
embargo, como he mencionado, centrar la discusión sobre la agencia
exclusivamente en la participación de las mujeres dentro de los grupos
criminales puede limitar la comprensión de las múltiples formas en que ellas
negocian, resisten o resignifican su posición dentro de estos contextos de
violencia. Por esta razón, mi intención con este apartado no es establecer una
oposición entre mujeres que participan o no en el narcotráfico, sino dialogar
cómo el narcopatriarcado puede servir como marco analítico que permita
comprender un espectro más amplio de experiencias de las mujeres en estos
territorios.
Desde
esta perspectiva, la agencia de las mujeres no puede ser reducida a su
inserción dentro de las estructuras criminales, pues también se manifiesta en
prácticas cotidianas, colectivas y políticas que disputan los significados del
cuerpo, del espacio urbano y de la vida misma en contextos de violencia. Es en
este horizonte donde se sitúan las resistencias que me interesa destacar a
continuación.
En
medio de la precariedad, la amenaza y el miedo, emergen prácticas que
reconfiguran el cuerpo como espacio de agencia y resistencia. Estas
resistencias adoptan múltiples formas, desde los gestos más cotidianos
-cuidados mutuos, redes de acompañamiento, prácticas urbanas para transitar la
ciudad con mayor seguridad- hasta las expresiones políticas y culturales que
rechazan y denuncian las violencias (Hernández-González y Carbone, 2022).
Las
marchas, los grafitis, los performances, las denuncias públicas y las
intervenciones artísticas producen otros significados sobre el cuerpo,
desplazándolo del lugar de víctima pasiva hacia el de sujeto que reclama
existencia, memoria y dignidad. Estas acciones, por pequeñas que parezcan,
fracturan la narrativa del miedo y desafían la autoridad del narcopatriarcado
al ocupar el espacio desde la afirmación colectiva.
Como
señala Patricia Simón (2022), estas formas de resistencia no se sostienen
únicamente en la dimensión individual, pues se tejen en redes de apoyo,
afinidades políticas, amistades y colectividades feministas que permiten a las
mujeres contrarrestar los discursos de temor y cautiverio que configuran la
vida en territorios violentados. A través de acompañamientos, grupos de amigas,
colectivas feministas y diversas iniciativas comunitarias, las mujeres amplían
sus márgenes de acción, disputan el orden narcopatriarcal y construyen espacios
donde es posible sostener la vida en medio de la violencia. En estos vínculos,
el cuerpo deja de ser solo objetivo de dominio y se convierte en superficie de
resistencia compartida, en memoria encarnada de aquellas que se niegan a
desaparecer dentro de un régimen que nos quiere silenciosas, disciplinadas o
ausentes.
Lo
que pretendo enmarcar aquí es que nombrar el narcopatriarcado es, en sí mismo,
un acto de denuncia feminista. En un entorno donde el silencio opera como
mecanismo de control y la impunidad como forma de gobierno, son las voces de
las mujeres las que irrumpen para disputar ambas. Son estas palabras las que se
vuelven una práctica que desafía la violencia y se posicionan contra la
narrativa que intenta reducir nuestras experiencias a daños colaterales. En
este sentido, cuerpo y voz se entrelazan, el cuerpo como presencia física y
simbólica que rehúsa desaparecer y la voz como una afirmación que se niega a
ser contenida. Ambas constituyen prácticas que desestabilizan el orden
narcopatriarcal al nombrar lo que este pretende ocultar.
Imagen
1. La narcopandemia también es violencia patriarcal.
Nota:
Ambas fotografías las capturé en Culiacán, Sinaloa durante la marcha del 8 de
marzo del 2025. Documentan distintas manifestaciones de la consigna “La
narcopandemia también es violencia patriarcal”, como denuncia feminista frente
al orden narcopatriarcal[2].
Aportes y discusiones
sobre el narcopatriarcado
En este escrito me interesa destacar
los aportes teóricos, metodológicos y políticos que implica nombrar y construir
una categoría como narcopatriarcado. En primer lugar, su aporte teórico radica
en proponer una categoría situada en el sur global que permite comprender cómo
el patriarcado se intensifica en contextos criminales. Esta noción contribuye a
los estudios feministas sobre violencia al mostrar que las dinámicas del
narcotráfico amplifican formas de feminicidio, violencia urbana, simbólica y
sexual, y demanda el uso de marcos críticos, feministas y decoloniales, como
sugiere Érika Calvo (2023), para analizar fenómenos violentos complejos desde
una perspectiva latinoamericana y contextualizada.
En
segundo lugar, me interesa situar los aportes metodológicos de esta propuesta.
A partir del recorrido teórico desarrollado en este artículo y del rastreo de
distintas genealogías del patriarcado que permiten identificar modos
específicos de organización de la violencia, considero que un aporte
metodológico significativo consiste en la posibilidad de operacionalizar
algunas dimensiones analíticas del narcopatriarcado.
Estas
dimensiones las retomo del recorrido genealógico del patriarcado como una
propuesta de lectura crítica. Insisto en que esto no supone una clarificación
unívoca del concepto, sino de una aproximación abierta, situada y posiblemente
cambiante, que busca orientar el análisis empírico.
Tabla
1. Dimensiones del narcopatriarcado.
|
Dimensiones |
Definición |
Ejemplos |
|
Estructural |
Refiere
a las formas en que el narcopatriarcado se organiza materialmente mediante
estructuras de poder insertas en lógicas capitalistas y dispositivos de violencia
que regulan la vida social. |
Control
territorial; economías ilícitas articuladas al mercado capitalista;
jerarquías armadas; uso sistemático de la violencia. |
|
Simbólica |
Alude
a los imaginarios, representaciones y códigos culturales que legitiman y
reproducen el orden narcopatriarcal. |
Violencia
estética; hipersexualización y cosificación de las mujeres; construcción de
identidades masculinas y feminidades; modelos corporales asociados al
prestigio narco. |
|
Afectiva |
Refiere a la dimensión emocional
mediante la cual se producen climas afectivos que sostienen el orden
narcopatriarcal. |
Miedo
cotidiano a la violencia; regulación del comportamiento de las mujeres en el
espacio urbano; búsqueda de reconocimiento o realización al adecuarse a los
códigos de la narcocultura. |
Nota: Elaboración propia.
Concibo esta propuesta teniendo en
la lente la posibilidad de articular dichas dimensiones para el análisis, sin
dejar de rastrear las genealogías patriarcales y el marco sociocultural que se
configuran en territorios situados.
En
el plano político, la categoría de narcopatriarcado permite nombrar lo que
tantas veces se ha buscado ocultar, que los cuerpos de las mujeres se han
convertido en un campo de batalla donde se inscriben las lógicas combinadas del
orden criminal y del orden patriarcal. Al recuperar esta categoría, me interesa
apostar por un lenguaje político y analítico capaz de disputar el
silenciamiento que históricamente ha rodeado estas violencias, un lenguaje que
denuncie cómo la crueldad de las violencias intensifica la misoginia
estructural y que, al mismo tiempo, habilita nuevas formas de leer, resistir y
confrontar estas realidades.
Porque
nuestras propuestas deben buscar abrir nuevas líneas de investigación y debate
dentro de los estudios de género. Nombrar el narcopatriarcado amplía el
horizonte analítico y constituye un acto de resistencia y de producción de
conocimiento feminista que disputa los silencios, incomodidades y omisiones que
han marcado este campo.
Conclusiones
A lo largo de este escrito propuse
el narcopatriarcado como categoría crítica para nombrar el entrelazamiento
estructural entre patriarcado y narcotráfico. Con esta propuesta se pretende
aportar elementos para la reflexión conceptual y metodológica dentro de la
teoría crítica feminista y los estudios de género, frente a realidades
complejas que nos exigen construir categorías para dialogar con diversos
territorios de México y América Latina. Con esta noción, busco dar cuenta de
que, en contextos marcados por economías criminales y violencias extremas, el
patriarcado persiste y se intensifica, configurando un orden violento que
amplifica agresiones urbanas, sexuales, estéticas y feminicidas. En ese
sentido, el narcopatriarcado opera como un régimen que organiza la vida
cotidiana, las relaciones de género y los horizontes para las mujeres que
habitamos estos territorios.
En
esta línea, la categoría de narcopatriarcado amplía los debates sobre violencia
en América Latina al ofrecer un marco analítico capaz de reconocer la
especificidad histórica, territorial y afectiva de los cuerpos que habitan
estas lógicas criminales y de ocupación militar. Desde esta perspectiva, se
trata de aportar una mirada crítica y situada en el sur global, indispensable
para comprender fenómenos que desbordan los marcos tradicionales de la
seguridad, la criminología o la cultura, y que exigen categorías capaces de
atender la complejidad de las violencias que se despliegan en estos
territorios.
Finalmente,
mi intención es que las ideas aquí escritas puedan insertarse en un campo
fértil para futuras investigaciones. El concepto de narcopatriarcado puede
dialogar con estudios sobre movilidad, explorando cómo los cuerpos en tránsito
experimentan y negocian este orden; con los estudios urbanos, indagando cómo
las lógicas del narcotráfico reconfiguran la ciudad y sus dinámicas cotidianas;
con los trabajos sobre juventudes, analizando las trayectorias vitales en
territorios atravesados por el narcotráfico; así como con el campo cultural,
interrogando las representaciones y producciones simbólicas que moldean la vida
social.
Avanzar
en estas direcciones permitirá profundizar en cómo este régimen violento se
manifiesta en distintos territorios y sujetos, y en cuáles son sus
implicaciones para la vida de las mujeres, para la investigación social y para
la teoría feminista contemporánea. Este camino exige, además, reconocer las
experiencias situadas de las mujeres desde una perspectiva interseccional, como
proponen Lucía Busquier y Fabiana Parra (2021), que atienda las diferencias de
clase, raza, edad y territorio.
Entonces,
que estas reflexiones no queden aquí, que siga moviéndose, incomodando y
abriendo preguntas. Apostar por nuevas categorías es también apostar por una
construcción colectiva de conocimiento feminista frente a las realidades que
nos atraviesan y que, de tantas maneras, nos exigen ser pensadas.
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El término ‘‘narcopandemia’’ circula en medios de comunicación locales y en el
lenguaje cotidiano de la población en Sinaloa para referirse a la ola de
violencia derivada del conflicto interno entre dos facciones del Cártel de
Sinaloa, que se intensificó a partir de septiembre de 2024 y continúa vigente
hasta los primeros meses del 2026. A este periodo de violencia exacerbada
también se le ha llamado ‘‘narcoguerra en Sinaloa’’ o ‘‘Culiacanazo
extendido’’.